A finales de la prepa el mundo adulto comenzó a parecerme algo indeseable, repulsivo y sucio. Todas esas reglas, toda esa formalidad e hipocrecía me angustiaban irremediablemente.
Cayeron en mis manos una serie de cuentos cortos, breves y brevísimos, en los cuales nada parecía tener sentido y cualquier cosa podía suceder, pero siempre de una manera poética, sublime.
Tantos leí que fuí despegándome de la realidad para sumergirme en otra: una poética e incoherente. Distorcionaba los sucesos cotidianos agregando disparatadas situaciones o argumentos, para tratar de conciliar la realidad que todos conocemos con la mía, con la de los cuentos.
Ahora imagino que soy un cuento, un disparate literario, y espero. Espero que algo suceda, una señal que me indique que soy parte de algo más, de una trama sin sentido, de un argumento absurdo.
Espero y nada ocurre.
26 de septiembre de 2008
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