28 de agosto de 2008

Me gustan las mañanas


Me gustan las mañanas, cuando salgo temprano de casa. Son como las seis y media. En casa todos están dormidos. Impera el silencio. Salgo y no hay nadie en la calle, está vacía... vacía de gente, vacía de ruido y vacía de luz. Todo son siluetas negras sobre un fondo azul extrañamente claro. Tomo una fotografía. Camino por la calle, en silencio por suspuesto, para no molestar a La Noche, quien aún no se ha ido.

Todas las casas duermen, pero yo estoy despierto, con la mente despejada y fresca. No es como si fuera de madrugada, por que entonces estaría terriblemente cansado, y no es así. El aire es fresco y se respira una humedad matinal. Llego a una calle un poco más grande que ya está siendo transitada, más por autos que por gente. Las luces de los autos, iluminan pobre y fugazmente de rojo y blanco mi camino, y crean un ambiente extraño, una danza de luces.

Llego al periférico y todo es caos. A pesar de que autos intentan atropellarme, la mañana aún conserva su encanto, aún hay cierto respeto hacia La Noche. Sigo caminando. Sumergido en mis pensamientos no me percato del tiempo, ni del camino y, cuando me doy cuenta, ya casi he llegado a mi destino.

Ya todo ha pasado. La luz es de nuevo como siempre ha sido. El ruido entra por los poros y me aturde, y todo es un vaivén de gente. Me sofoco entre tanta gente. Recuerdo la mañana, tan sólo unos minutos atrás. Ese efímero y hermoso instante ha pasado sin que yo pudiera hacer nada. Me resigno. Esperaré a mañana y entonces contemplaré de nuevo las siluetas de azul con negro, sentiré el fresco y veré la danza de luces tenues. De nuevo pasará ese momento entre mis dedos, como el agua que fluye inevitablemente, y nada quedará, sólo la imagen que logré robarle a lo que no si es mañana, noche o madrugada.

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