
El centro es cruel. Está lleno de recuerdos, no precisamente malos, pero lastimeros. Está lleno de nostalgia y desilusión también.
Bellas Artes ahora se ilumina majestuosamente, y la luz del atardecer trae consigo pensamientos confusos, que en realidad siempre estuvieron allí, latentes.
Siento el frío de la noche y de una ausencia impregnada de cierta melodía de acordeón.
Con paso melancólico, entro al metro francés tratando de huir de esos lugares, de esos recuerdos, del dolor y la nostalgia. Y me voy, sabiendo que volveré, pero en el fondo, esperando no hacerlo.


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